Reflexiones›soledad

Hay un tipo de soledad que no desaparece aunque estés rodeado de gente.

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi clamor, y de las palabras de mi lamento? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo. — Salmos 22:1-2 (Reina-Valera 1960)"

— Salmos 22:1-2

Hay algo que pocas veces nos atrevemos a decir en voz alta: que hemos sentido que Dios no estaba. Que oramos y el cielo parecía de cemento. Que buscamos una señal, una paz, una respuesta, y lo único que encontramos fue silencio. Eso duele de una manera que no tiene palabras fáciles, y la mayoría de nosotros cargamos ese dolor en secreto porque pensamos que admitirlo sería una falla de fe.

Pero este salmo existe. Y eso cambia todo.

El Salmo 22 no fue escrito por alguien que nunca dudó. Fue escrito por David, el hombre que Dios mismo llamó 'conforme a su corazón', un guerrero, un rey, un adorador profundo. Y aun así, David escribió estas palabras desde un lugar de quiebre real. No las escribió como ejercicio teológico. Las escribió porque las vivió. Porque hubo un momento en su historia en que buscó a Dios y sintió que Dios lo había soltado.

Lo que hace este salmo extraordinario no es solo su honestidad, sino su contexto profético. Siglos después, Jesús, colgado en una cruz, citó exactamente estas palabras: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?' El Hijo de Dios, en el momento de mayor dolor de la historia humana, no recitó un versículo de victoria. Gritó el lamento de David. Y en ese grito, unió para siempre el dolor humano con la experiencia de Dios mismo. Jesús no vino solo a resolver el sufrimiento. Vino a habitarlo desde adentro.

Eso significa algo muy concreto para ti hoy. Cuando sientes que nadie te ve, cuando oras y no escuchas nada, cuando el silencio de Dios te pesa más que cualquier palabra de crítica que hayas recibido, no estás en un lugar fuera del alcance de Dios. Estás en el mismo lugar donde David lloró. En el mismo lugar donde Jesús sangró. El silencio que estás viviendo no es evidencia de abandono. Es parte de una historia que Dios ya conoce y que Él mismo decidió no ahorrarse.

David no termina el Salmo 22 en el versículo dos. Avanza. Lucha. Recuerda. Y al final, adora. No porque el dolor haya desaparecido de golpe, sino porque en medio del proceso recordó quién era Dios antes de que el dolor llegara. Eso es fe madura: no la que ignora el lamento, sino la que lo lleva hasta el altar y lo deja ahí.

Quizás hoy no necesitas una respuesta. Quizás lo que necesitas es permiso para decirle a Dios lo que realmente sientes. Permiso para gritar si es necesario. Permiso para llorar sin fingir que estás bien. Porque Dios no se asusta de tu dolor. Él ya lo habitó. Y si lo habitó, también puede acompañarte en el tuyo.

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