Hay un tipo de soledad que no se cura con gente.
"Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. (Salmos 25:16, RVR1960)"
— Salmos 25:16
Cuando David escribió estas palabras, no estaba siendo poético. Era un hombre acorralado. Había enemigos reales persiguiéndolo, traiciones que aún dolían en el pecho, y una sensación de que hasta el aire que respiraba pesaba demasiado. Salmos 25 es una oración íntima, casi desesperada, donde David no adorna lo que siente. No llega a Dios con el lenguaje de los que tienen todo controlado. Llega roto, y dice exactamente eso: estoy solo. Estoy afligido. Mírame.
Hay algo que sacude en esa frase: 'mírame'. No 'ayúdame', no 'sálvame primero'. Solo 'mírame'. Como si antes de pedir cualquier cosa, David necesitara saber que Dios lo estaba viendo. Que no era invisible. Que en medio del caos y del silencio, alguien lo tenía en su vista. Y eso lo cambia todo, porque la soledad más profunda no es la que se mide por la cantidad de personas a tu alrededor. Es la sensación de que nadie realmente te ve. Que aunque estés en medio de una multitud, de una familia, de una iglesia llena, hay una parte de ti que nadie alcanza.
Esa es la soledad que duele diferente. La que no se va con una llamada ni con una reunión de célula ni con scrollear redes sociales a la medianoche. Es una soledad que viene de adentro, y que a veces ni tú mismo sabes nombrar. Solo sabes que está ahí, como un cuarto vacío en el centro de tu pecho.
Lo que David descubrió, y lo que nosotros tardamos tanto en aprender, es que ese cuarto vacío tiene un solo dueño legítimo. No lo llena el ruido, no lo llena la ocupación constante, no lo llena siquiera el amor humano más genuino. Porque ese espacio fue diseñado para ser habitado por Dios. Y cuando Él no está en el centro, todo lo demás, por más bueno que sea, se siente insuficiente.
David no resuelve su soledad en ese salmo. No termina el versículo diciendo que todo mejoró de inmediato. Termina diciendo que miró hacia arriba y pidió que Dios lo mirara a él. Y en ese intercambio de miradas está todo. Porque cuando Dios te mira, no te mira con lástima ni con distancia. Te mira con misericordia. Con una misericordia que conoce tu historia completa, que no se asusta de tus sombras, y que no necesita que estés bien para acercarse.
Si hoy hay algo dentro de ti que se siente vacío, que nadie ha podido llenar por más que lo han intentado, quizás no es señal de que algo está mal contigo. Quizás es señal de que ese espacio está esperando al único que puede habitarlo de verdad. No tienes que tenerlo todo resuelto para acercarte. Puedes llegar exactamente como David: solo, afligido, y con la valentía suficiente para decir: Mírame. Y Él lo hará.
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