Reflexiones›soledad

Hay una soledad que no se cura con gente.

"¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. (Salmos 139:7-8, Reina-Valera 1960)"

— Salmos 139:7-8

David no escribió este salmo desde un púlpito. Lo escribió desde la vida real, desde los años en que fue perseguido, malentendido, traicionado por personas cercanas y aplastado por el peso de sus propias decisiones. Cuando lees el Salmo 139 con ese trasfondo, estas palabras dejan de sonar como doctrina y empiezan a sonar como confesión. Como alguien que intentó escapar y descubrió que no podía. No porque Dios lo persiguiera como un juez, sino porque lo seguía como un padre que no suelta.

Hay algo que David hace en estos versículos que pocas veces notamos: pregunta. No afirma con triunfo, pregunta con asombro. '¿A dónde me iré de tu Espíritu?' Es la pregunta de alguien que en algún momento quiso irse. Que conoce el impulso de alejarse, de meterse en el silencio más oscuro y desaparecer. Y al hacerse esa pregunta, descubre algo que lo cambia todo: no hay lugar tan profundo que Dios no esté ya allí esperándolo.

El Seol, en la mentalidad hebrea, no era simplemente la muerte. Era el lugar de la ausencia total, el abismo de lo olvidado. Decir 'si en el Seol hiciere mi estrado' era la forma que tenía David de decir: incluso en el peor lugar que puedo imaginar, incluso en lo que siento como el fin absoluto. Y aun ahí, Dios está. No llegando tarde. No llegando después. Estando.

Esto importa porque hay tipos de soledad que el ser humano carga en silencio durante años. No la soledad de no tener compañía, sino la soledad de sentir que nadie puede llegar realmente hasta donde estás. La soledad del que sonríe en público y se deshace en privado. La del que ora pero siente que sus palabras rebotan en el techo. La del que cargó tanto tiempo solo que ya no sabe cómo pedir ayuda. Esa soledad tiene nombre en la Biblia: se llama Seol del alma. Y precisamente ahí es donde este versículo clava su ancla.

Dios no espera que salgas de tu oscuridad para encontrarte. Entra en ella. Eso es lo que la encarnación de Cristo confirma siglos después de David: Dios no gritó desde el cielo instrucciones de cómo salir del dolor. Bajó. Se metió en la carne, en el cansancio, en la tentación, en el abandono. 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?' gritó Jesús en la cruz, citando otro salmo, para que ningún ser humano sintiera jamás que esa pregunta lo excluye de la presencia divina.

Lo que Salmos 139 nos regala no es una promesa de que la soledad desaparecerá de golpe. Es algo más honesto y más poderoso que eso: es la certeza de que nunca estás solo en ella. Que el silencio que sientes no está vacío. Que debajo de tu mayor miedo, en el fondo de tu noche más larga, hay una presencia que llegó antes que tú y que no tiene intención de irse. No tienes que subir hasta Dios. Él ya bajó hasta ti.

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