¿Y si el dolor que estás viviendo no es una señal de que Dios te abandonó, sino de que está más cerca que nunca?
"Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. (2 Corintios 12:9, Reina-Valera 1960)"
— 2 Corintios 12:9
Hay algo que Pablo no quería contarte. O mejor dicho, algo que él mismo tardó en aceptar. Antes de escribir esas palabras sobre la gracia y la debilidad, Pablo había pedido tres veces que Dios le quitara algo que lo atormentaba. Tres veces. Ese hombre que había plantado iglesias, que había resucitado muertos, que había sobrevivido naufragios y cárceles, ese mismo hombre se arrodilló ante Dios con una súplica que no obtuvo el resultado que esperaba. La Biblia llama a lo que sufría 'un aguijón en la carne', y los estudiosos llevan siglos debatiendo qué era exactamente: una enfermedad, una persecución constante, una lucha interna. Pero lo más honesto es que no lo sabemos. Y quizás eso es lo más poderoso del relato, porque tu aguijón y el mío también tienen nombres distintos, pero el mismo peso.
Lo que sí sabemos es lo que Dios le respondió. No le dijo 'ya viene la sanidad' ni 'ten más fe'. Le dijo algo que debió haber sonado, al principio, casi como una decepción: 'Mi gracia te basta'. En el idioma original del Nuevo Testamento, el griego, esa palabra traducida como 'basta' es arkei, que tiene la connotación de algo que es suficiente no porque sobre, sino porque es exactamente lo necesario. No es un exceso de consuelo. Es la cantidad precisa de gracia para que tú no te rompas del todo mientras atraviesas lo que estás atravesando.
Pero hay una segunda parte de esa respuesta divina que muchas veces pasa desapercibida: 'mi poder se perfecciona en la debilidad'. La palabra griega para perfeccionar aquí es teleitai, que viene de telos, que significa fin, propósito, destino cumplido. Dios no le estaba diciendo a Pablo que su debilidad era un tropiezo en el camino. Le estaba diciendo que era parte del destino. Que el poder de Dios no llega a pesar del quebranto, sino a través de él. Eso cambia todo.
Nosotros vivimos en una cultura, incluso dentro de la iglesia, que celebra al cristiano fuerte, victorioso, con el testimonio impecable. Pero Pablo aprendió algo que va contra esa corriente: que cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas es precisamente cuando dejamos de estorbarle a Dios. Porque mientras creemos que podemos solos, seguimos ocupando un espacio que en realidad le pertenece a Él. La debilidad no es el enemigo de tu fe. Es la puerta por donde entra lo sobrenatural.
Quizás hoy llevas tiempo orando por algo que todavía no cambia. Quizás ya no tienes palabras, solo un cansancio profundo que no sabe cómo explicarse. Quizás te da vergüenza admitir que estás en ese lugar. Pablo no tuvo vergüenza. Y no porque fuera más espiritual que tú, sino porque entendió que Dios no mide la fe por cuánto aguantas solo, sino por cuánto confías cuando ya no puedes más. Eso es lo que significa gloriarse en la debilidad: no celebrar el dolor, sino confiar en que Dios sabe exactamente lo que está haciendo incluso cuando tú no entiendes nada. Y esa confianza, en medio de todo, es la forma más valiente de fe que existe.
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