Reflexionesdolor

El dolor de una pérdida puede sentirse como un vacío del que nunca vas a salir.

"Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas. (Salmos 147:3, Reina-Valera 1960)"

Salmos 147:3

Hay un detalle en Salmos 147:3 que muchas veces pasamos por alto, y que cambia todo cuando lo vemos con claridad. El salmo no dice que Dios simplemente consuela a los que sufren desde lejos, como quien le lanza una cuerda a alguien que se está ahogando. Dice que Él venda las heridas. Esa palabra, venda, implica contacto. Implica cercanía. Implica que Dios se acerca, toca el lugar que duele y pone sus manos donde más duele.

Este salmo fue escrito en un contexto muy específico. El pueblo de Israel acababa de regresar del exilio en Babilonia. Habían perdido su tierra, su templo, sus familias, su identidad. Muchos habían visto morir a los suyos lejos de casa. La ciudad de Jerusalén estaba en ruinas, y con ella, también los corazones de quienes la amaban. No era un dolor abstracto ni teológico. Era el dolor de quien regresa a su casa y encuentra escombros donde antes había vida. Era el duelo de una nación entera que no sabía si todavía había futuro.

Es en ese momento, en ese contexto tan roto, que alguien escribe que Dios sana a los quebrantados de corazón. No lo escribió desde la comodidad ni desde la distancia. Lo escribió desde adentro del dolor. Y eso importa muchísimo, porque la fe que se forja en el sufrimiento tiene un peso diferente a la fe que se aprende en los libros.

Cuando perdemos a alguien que amamos, el corazón no se rompe de golpe en un solo lugar. Se va rompiendo en capas, con el tiempo. Primero la ausencia en los momentos grandes, en las fechas importantes. Después la ausencia en los momentos pequeños, los que nadie ve, los que pasan en silencio. Una canción en la radio. Un olor. Un gesto que alguien hace igual que el que ya no está. El duelo no es lineal ni obediente. Aparece cuando quiere, y muchas veces aparece disfrazado de otras cosas, de enojo, de cansancio, de indiferencia.

Y es exactamente ahí donde Dios trabaja. No en el gran discurso del funeral, no en el versículo enmarcado en la pared, sino en ese momento en que estás en el baño llorando sin saber muy bien por qué, o mirando el techo a las tres de la madrugada pensando que nadie entiende lo que sientes. Dios no te pide que te repongas rápido. No te pide que finjas que ya estás bien. Lo que hace es vendarte, y el vendaje no significa que la herida desapareció. Significa que alguien la sostuvo para que no sangrara más.

Sanar no es olvidar. Sanar es aprender a vivir con esa ausencia sin que te consuma. Es descubrir, poco a poco, que el amor que sentiste por quien perdiste no tiene que morir junto con ellos. Puede seguir vivo en ti, en cómo los recuerdas, en cómo honras lo que te enseñaron, en cómo sigues caminando aunque el camino duela.

Dios prometió estar con los quebrantados de corazón. Y esa promesa no tiene fecha de vencimiento. Si hoy sientes que tu corazón está hecho pedazos, no tienes que armarlo solo. Hay manos que ya están extendidas hacia ti, y son manos que conocen el dolor desde adentro.

¿Te llegó al corazón?

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