¿Por qué a ellos sí y a mí no?
"Hasta que entré al santuario de Dios, entonces comprendí."
— Salmos 73:17
Las redes sociales inventaron un nuevo tipo de sufrimiento que las generaciones anteriores no conocían: ver en tiempo real la vida de todos los demás.
El ascenso que le dieron al compañero. La boda perfecta del amigo. El negocio que despegó. Los hijos sanos, el matrimonio estable, los viajes. Y tú, mirando esa pantalla, con tus propias luchas, tu propia espera, tu propio silencio, sintiéndote cada vez más pequeño.
Pero esta no es una enfermedad nueva. Solo tiene una pantalla nueva.
Asaf, uno de los grandes músicos y poetas del rey David, escribió el Salmo 73 hace más de tres mil años. Y lo que escribió podría haber sido un tuit de hoy: "Tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos." No lo escondió. No lo presentó como algo ya resuelto. Lo dijo con la honestidad brutal de alguien que realmente lo estaba sintiendo.
Asaf veía lo mismo que tú: gente que no buscaba a Dios viviendo sin aparente consecuencia. Sin problemas visibles. Sin el peso que él cargaba. Y llegó a una conclusión que duele admitir: "En vano he mantenido puro mi corazón. En vano me he lavado las manos en inocencia."
¿De qué sirve intentarlo si el resultado es el mismo?
Eso es lo que pensaba. Hasta que entró al santuario.
No buscó un argumento teológico. No leyó un libro de apologética. Simplemente fue a estar delante de Dios. Y en ese silencio, algo cambió en su perspectiva. Empezó a ver más lejos. A entender que estaba mirando una fotografía cuando la historia era una película. Que lo que veía en los demás era solo el capítulo que estaba abierto en ese momento, no el final.
Porque hay algo que la comparación nunca te muestra: lo que viene después. El costo de lo que parece gratuito. El vacío detrás de lo que parece pleno. Lo que se paga en privado por lo que se exhibe en público.
Y sobre todo, hay algo que la comparación te roba: la claridad sobre tu propio camino.
Dios no te creó para vivir la vida de otro. Cada persona tiene una historia específica, con temporadas específicas, con propósitos específicos. Lo que tarda en tu vida puede estar tardando exactamente porque lo que Dios quiere hacer en ti requiere ese proceso, esa espera, esa profundidad que solo se desarrolla en el tiempo difícil.
Compararte con otros no solo te hace sufrir innecesariamente. Te hace perder de vista lo que Dios está construyendo en ti mientras tú miras hacia otro lado.
La próxima vez que sientas esa pregunta — ¿por qué a ellos sí y a mí no? — no la aplastes. No la finjas. Llévala al santuario, al lugar donde puedes ser completamente honesto con Dios. Allí no recibirás una explicación. Recibirás algo mejor: perspectiva. Y con perspectiva, la comparación pierde su poder.
Tu historia no es inferior. Es tuya. Y todavía no terminó.
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